Camino a las Estrellas
Camino a las Estrellas
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Camino a
las Estrellas

Una novela de aventuras
por Diego Molina Hérnandez
Explorar
Anyela y Layka bajo las estrellas

Un Don que
cambiará todo

Anyela Luna es una adolescente de Lebrija con una vida normal... hasta que una noche de observación estelar algo se despierta en ella. Un don inexplicable. Una conexión con algo más grande que el cielo mismo.

Lo que ella no sabe es que ese don lleva milenios esperándola. Que Tartessos no desapareció — partió. Y que quienes se fueron dejaron un hilo invisible que atraviesa el universo entero hasta llegar a ella.

"Las estrellas no son el destino. Son el camino."

Acompañada de su fiel corgi y guiada por mensajes de una civilización que viaja entre galaxias, Anyela descubrirá que ser elegida no significa ser especial — significa ser valiente cuando el universo te llama.

  Lanzamiento Oficial  
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Fecha de lanzamiento: 9 de Septiembre, 2026

Tartessos:
La Civilización que Partió

IX a.C.
Primer registro de Tartessos
VI a.C.
Su misteriosa desaparición
Tiempo viajando entre estrellas

La historia oficial dice que Tartessos desapareció. Que fue absorbida, conquistada, olvidada. Pero la historia oficial está equivocada.

En Camino a las Estrellas, Tartessos no murió — eligió partir. Sus habitantes dominaban secretos del cosmos que ninguna otra civilización había rozado. Cuando el mundo antiguo amenazó con destruirlos, tomaron los barcos más grandes jamás construidos... y navegaron hacia arriba.

Siglos después, siguen viajando. Y siguen buscando a quien pueda guiarlos de vuelta a casa.

✦ Los Protagonistas

Quienes Viajan
Contigo

Anyela Luna
Anyela Luna
La Elegida
Layka
Layka
Guardián y Fiel Compañera
Anyela Luna
Kanamai
Aprendiz de sacerdotisa y amiga
Anyela Luna
Rakanian
Travieso y sigiloso
Anyela Luna
Pablo
Amigo y compañero
Anyela Luna
Nakataki
La sacerdotisa
✦ Primer Capítulo

Un adelanto para
los curiosos

"El viento templado de la noche primaveral de Lebrija, Sevilla, serpenteaba entre los pinos, cargando un murmullo distante que Anyela no lograba identificar. Se estremeció un instante, aunque no hacía frío. Desde la colina cercana a su casa, el cielo despejado se desplegaba inmenso y las estrellas, como faros solitarios, resplandecían como la penumbra en las faldas de un océano negro que se reflejaba en sus ojos. Acostada sobre la hierba alta, entre amapolas que mecían sus pétalos, Anyela acariciaba a Laika, su leal compañera de cuatro patas.

—Laika, ¿qué pequeñitos somos, verdad? —murmuró, segura de que la perrita, de alguna manera, la comprendía.

El cielo siempre la había atraído desde niña, como si guardara respuestas a preguntas que ella aún no sabía formular. Quizás la influencia de su padre, astrónomo, había dejado una marca imborrable en ella. Su repentina muerte había sido un golpe muy duro del que aún no terminaba de recuperarse. Unas lágrimas furtivas brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas, evocando imágenes de aquellos días en el observatorio de Tenerife: descubriendo estrellas lejanas, bautizado cometas, y riendo con los juegos de su padre, donde siempre un peluche hacía de villano.

Tras su pérdida, Anyela encontró consuelo en la biblioteca polvorienta de sus padres en la buhardilla donde pasaba horas se refugiaba en un rincón llenos de cojines leyendo libros de mitología griega y antiguas civilizaciones mediterraneas. Pero esa noche era diferente. Las estrellas no solo brillaban; parecían observar desde lejos, como si algo esperase a ser revelado.

Cerró los ojos y respiró hondo. El viento cálido acariciaba su rostro, pero no lograba calmar la creciente inquietud que se expandía en su pecho. El insomnio la había envuelto en un abrazo continuo, tejiendo cada noche con hilos de cansancio y desvelo, privándola del descanso que tanto anhelaba. Cuando lograba dormir, los sueños a menudo la llevaban a una época lejana, a tiempos remotos donde se fundía la mitología y la historia. Su madre Maria, arqueóloga y profesora de historia antigua, pasaba largas jornadas en una excavación cerca de las marismas de Doñana, y en las noches de insomnio le relataba leyendas y mitos sobre viejas civilizaciones.

Laika levantó la cabeza, emitiendo un leve gruñido. Anyela abrió los ojos y siguió la mirada atenta de su perrita hacia el horizonte. Algo brillaba a lo lejos, justo en el vértice de una montaña que se recorta en la oscuridad de la noche. Una estrella de un azul intenso parecía latir, irradiando con cada pulso una luz cada vez más fuerte y cegadora. De pronto, con un destello fugaz, la estrella se alzó hacia el cielo, ascendiendo a una velocidad vertiginosa hasta desvanecerse en un instante..."

— Capítulo I · Camino a las Estrellas